La Ley 10.751: del Colegio de Asistentes Sociales y/o Trabajadores Sociales define el ejercicio profesional del Servicio Social como:
“La actividad de carácter promocional, preventivo y asistencial, destinada a la atención de carencia, desorganización y desintegración social que afectan a personas, grupos y comunidades y sus interrelaciones...La actividad profesional, por sí o en el marco de servicios institucionales y programas integrados de desarrollo social tiende al logro de una mejor calidad de vida en la población, contribuyendo a afianzar en ella un proceso socio educativo.”
El Trabajador Social interviene promoviendo las potencialidades de los hombres y busca que cada individuo se concientice de su realidad para que a partir de esto, reflexione y produzca un cambio que le brinde una mejor calidad de vida.
Su área de acción se centra en la relación que establece el hombre con su medio ambiente, es decir, sus relaciones vinculares, sus necesidades y los recursos para satisfacer las mismas. Para ello el profesional “camina” junto a la persona y su entorno -el hombre por naturaleza es social- en la búsqueda de los medios que le permitan realizarse.
Esta disciplina basa su accionar en el respeto de los derechos humanos y la justicia social, y trabaja por el cumplimiento de ello.
¿Cómo interviene esta disciplina en la sociedad posmoderna, la sociedad de consumo en la cual el capitalismo nos ha introducido? Es importante para comprender ello, conocer cuáles son las características del contexto sociocultural actual.
La realidad es que las políticas que implementa el Estado para alcanzar el bienestar de su pueblo, están subordinadas a la Política Económica, todo depende de esta. Pero la política económica actual se determina en un mundo globalizado, por lo cual la economía mundial es manejada por las grandes potencias industriales que determinan la suerte de los países menos desarrollados. A eso se suman la instauración del modelo de privatización que desliga muchas de las actividades del estado en organizaciones privados.
Vemos entonces que el estado se hace a un lado y que alcanzan protagonismos las instituciones privadas en un contexto dominado por las relaciones económicas. El capitalismo es sostenido por una economía de mercado, en la cual su equilibrio se encuentra en el juego entre oferta y demanda; la libre circulación de productos, capitales y personas se rige bajo las condiciones que establece el mercado. El mercado es el regulador por excelencia de todas las relaciones.
En este mundo consumista el hombre es cosificado a la sola condición de consumidor, los medios de comunicación masiva, a través de la publicidad, instauran los modelos a seguir, la ropa que usar, las bebidas que tomar, las marcas que usar y demás. Promueven un concepto de libertad que lo asemejan a la capacidad de consumir, es decir, se intenta convencer a la gente de que es libre quien puede adquirir lo que quiere. Se promueve el consumo por sí mismo, se idolatra la imagen y se califica a una persona por lo que tiene y no por lo que es. Se observa una completa desvalorización de la persona por su condición misma de ser humano.
Por lo expuesto anteriormente, puede decirse que los valores propuestos por el modelo de sociedad que nos toca vivir, se opone totalmente a los pilares de la disciplina y ello dificulta el accionar profesional. Las políticas sociales pierden importancia y son reducidas a políticas focalizadas coyunturales, momentáneas para palear la emergencia. Cuando el verdadero cambio se alcanza interviniendo en las causas estructurales de los problemas sociales, pero para esto “nunca hay presupuesto”. Los famosos “Planes trabajar o Jefes de familia” que fueron creados para una situación de crisis determinada, terminaron siendo un instrumento del clientelismo político para dominar a las masas en épocas de elecciones. Acciones como estas demuestran que el desarrollo social no es prioritario en este modelo de estado. Hablamos de desarrollo social cuando se alcanza un mejoramiento de la calidad de vida de la sociedad. Y para ello las personas que la conforman, tienen que gozar de amplias y constantes posibilidades de satisfacer sus necesidades y desplegar todas sus potencialidades.
A su vez nos pone a los trabajadores sociales en el desafío de crear nuevas líneas de intervención que se adecuen a cada situación particular y que permitan alcanzar la satisfacción de las necesidades. Un esfuerzo que ponga en acción la imaginación, para poder actuar con los pocos recursos con los que se cuenta y para ello es fundamental la plena participación de la gente con la cual se interviene, el esfuerzo mancomunado genera mayor fortaleza y es vital en un proceso socio educativo. Y con ello se pretende desmitificar la imagen social del trabajador social como quien “entrega una bolsa de alimentos o un par de zapatillas”, el trabajo social trasciende muchísimo esta acción, es promotor de herramientas y líneas de intervención, buscador constante de las mejores posibilidades para el bienestar el hombre.
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